Reflexión de Adviento “Betania en el momento justo”

advdevo_2014_sp“Cuando Jesús llegó, se encontró con que hacía ya cuatro días que Lázaro estaba en el sepulcro.” Juan 11.17

Si bien el tiempo que María y José pasaron en Betania fue breve y no tuvo nada de extraordinario, el tiempo que Jesús iba a pasar allí fue extenso y muy significativo. Quizás el más importante de todos fue la enfermedad, muerte, y resurrección de su amigo Lázaro.

Jesús no llegó a tiempo. Sus amigos estaban no sólo ansiosos, sino también desencantados, y sus seguidores confundidos. “Y éste, que le abrió los ojos al ciego, ¿no podría haber evitado que Lázaro muriera?” (Juan 11.37).

Pero Jesús llegó en el tiempo justo. Era el tiempo justo para que sus discípulos creyeran (Juan 11.14-15); el tiempo justo para consolar a María y Marta (Juan 11.40); el tiempo justo para reafirmar su poder sobre la muerte (Juan 11.44); el tiempo justo para desafiar a quienes dudaban de él (Juan 11.47). Jesús llegó a Betania en el tiempo justo.

El tiempo del Señor siempre es justo, aunque a veces no nos parezca así en la Betania de nuestras vidas. Su respuesta siempre viene de un corazón que sufre por nuestra ansiedad y tristeza. Él nos ama tanto como amó a Lázaro, a María, y a Marta. Su victoria sobre la muerte de Lázaro es la anticipación de la victoria que también tuvo sobre nuestra muerte. Él sigue haciendo cosas maravillosas.

Sus enemigos siguen empecinados en desacreditarlo y deshonrarlo. Pero hoy, en nuestra Betania, él nos asegura que nos ama, que se preocupa por nosotros, que nos perdona, que escucha nuestras oraciones y que, en el tiempo justo, ‘veremos la gloria de Dios’ (Juan 11.40).

Oración: Señor del Adviento, ven a nuestra Betania para que podamos ver tu gloria. Amén.

Reflexión de Adviento “Betania”

advdevo_2014_sp“Y dejándolos, se fue a la ciudad de Betania.” Mateo 21.17a

María y José se están acercando a Belén. Llegan a Betania, un lugar donde habrían de descansar-un lugar donde los niños juegan en las calles. María rezaba para que su bebé pronto pudiera ser un niño feliz, jugando con otros niños.

Jesús iba a pasar momentos felices en Betania. María, Marta y Lázaro iban a ser algunos de sus mejores amigos. A su casa iría a descansar.

Betania también habría de ser el lugar donde Jesús diría algunas de sus palabras más memorables. Cuando Marta se quejaba porque su hermana no la ayudaba, Jesús le dijo: “María ha escogido la mejor parte” (Lucas 10.42b). Allí fue donde Jesús dijo ser “la resurrección y la vida” (Juan 11.25a). Allí fue donde mostró una de las emociones humanas más profundas, cuando se nos dice que “Jesús lloró” (Juan 11.35).

Allí es donde Jesús realizó el milagro de resucitar a Lázaro de la muerte. Es desde allí desde donde Jesús entraría a Jerusalén montado en un burro mientras las multitudes le aclamaban, diciendo: “¡Hosanna! ¡Hosanna al Hijo de David! ¡Hosanna en las alturas!” Para María y José, y más adelante para Jesús, Betania fue un lugar de descanso.

Quizás usted tenga una Betania. Usted también está acercándose a Belén. Ojalá que tenga un lugar donde pueda descansar en compañía de buenos amigos, porque pronto se encontrará sumergido de lleno en las celebraciones de la Encarnación. Mucho de lo que va a vivir será lo esperado, pero quizás también haya alguna sorpresa.

Oración: Estamos agradecidos por el lugar que Betania ocupó en la vida de Jesús. Bendice nuestro tiempo en nuestra Betania. Amén.

Reflexión de Adviento “El camino de Jericó a Jerusalén”

advdevo_2014_sp“Jesús le respondió: ‘Un hombre descendía de Jerusalén a Jericó, y cayó en manos de unos ladrones…'” Lucas 10.30

El camino de Jericó a Jerusalén era muy transitado. María y José, al menos hasta donde sabemos, lo hicieron sin inconvenientes. Sin embargo, Jesús habría de contar la historia de un hombre al que no le fue tan bien. Esa historia habría de convertirse en una de sus parábolas más famosas. Jesús la contó en respuesta a la pregunta que le hiciera un maestro de la Ley: “¿Y quién es mi prójimo?” Ese maestro sabía la respuesta correcta. Lo que era difícil era la aplicación.

Jesús estaba por nacer. Él iba a amar a su Padre con todo su corazón, con toda su alma, con toda su fuerza, y con toda su mente, y también iba a amar a su prójimo como a sí mismo, y lo iba a demostrar de muchas maneras. En forma especial lo iba a demostrar a quienes eran lastimados en los caminos de la vida.

Jesús nunca siguió ni sigue de largo. Él es quien se detiene para curar nuestras heridas y asegurarse que recibimos la atención necesaria, y quien cubre el costo. Y el costo iba a ser alto. Por ser nuestro prójimo, Jesús iba a pagar con su propia vida, y lo habría de hacer de propia voluntad… porque nos ama.

En su camino de Jericó a Jerusalén, María y José llevaban consigo a aquél que habría de amar a cada pecador y tratar con misericordia a cada necesitado. Hoy es a nosotros a quienes Jesús nos dice, en nuestro camino de Jericó a Jerusalén: “Anda entonces, y haz tú lo mismo”. (Lucas 10.37b).

Oración: Padre celestial, bendícenos para que conozcamos tu amor y amemos a nuestro prójimo como a nosotros mismos. Amén.

Reflexión de Adviento “El hombre ciego de Jericó”

“Cuando Jesús estuvo cerca de Jericó, junto al camino estaba sentado un mendigo ciego.” Lucas 18.35
Ya casi en Jericó, María y José deben haber encontrado a su paso muchas personas con necesidades físicas, entre los cuales seguramente había ciegos. Entre los ciegos se encontraba un joven quien, enfrentado con la realidad de lo que significaba no poder ver, había aprendido a pedir ayuda y misericordia.

También había aprendido acerca de la promesa de la venida del Hijo de David. Eso era lo que su pueblo enseñaba: que el Mesías, el Hijo prometido de David, habría de venir, y traería sanidad a su pueblo y al mundo entero.

Años después, este hombre habría de escuchar acerca de uno de Nazaret que había curado y consolado a muchos, que daba un mensaje de esperanza, y que estaba cumpliendo muchas de las promesas que a él le habían enseñado que el Mesías habría de cumplir. Y un día escucharía acercarse a una muchedumbre inusual, y descubriría que era Jesús, y lo llamaría para que le prestara atención. Nada lo iba a parar. Él sabía lo que Jesús era capaz de hacer. ¡Le tenía una fe total! Jesús le iba a dar la vista.

Este Adviento, en nuestro camino a Belén, también nosotros nos encontramos con personas con necesidades físicas que buscan misericordia. El Señor, que se ocupó del hombre ciego cerca de Jericó, también se ocupa de quienes tienen necesidades físicas aquí y ahora. Nosotros somos quienes escuchamos sus pedidos de ayuda. Nosotros somos quienes expresamos el constante amor de Dios.

Mientras expresamos el amor de nuestro Señor a quienes sufren limitaciones físicas, no dejamos de recordar a quienes están ciegos espiritualmente. A ellos también los vemos en nuestro camino a Belén. Le pedimos a nuestro Señor que los bendiga, para que ellos también puedan ver.

Oración: Señor, sigue escuchando el llamado de quienes están ciegos. Bendice su fe. Permite que vean a Jesús. Amén.

Reflexión de Adviento “Jericó”

advdevo_2014_sp“Jesús le respondió: ‘Un hombre descendía de Jerusalén a Jericó…'” Lucas 10.30a

Para ir de Jordán a Belén, es muy probable que José y María hayan pasado por la ciudad de Jericó. Seguramente sabían muy bien la historia de la destrucción de Jericó que se narra en Josué 5.13-6.20. Sabían que habría sido imposible ocupar la Tierra Prometida sin antes conquistar Jericó. Recordarían lo imposible y extrañas que habrían parecido las órdenes de marchar alrededor de la ciudad durante seis días, y en el séptimo día marchar siete veces alrededor de ella para que luego, cuando así se les ordenara, todos gritaran y las murallas se derrumbaran. ¡Increíble! Es muy probable que hasta les haya dado escalofríos el sólo recordarlo.

Recordarían cómo el pueblo de Israel había respetado y honrado a Josué al ver cuánto el Señor los había bendecido a través de él. Sabían que los israelitas veían a Josué como a un “salvador”, pues él era quien los había llevado a la Tierra Prometida. Sabían que el nombre con el que llamarían a su Hijo venía de la misma raíz. Sabían que las expectativas que el pueblo tendría de él también habrían de ser grandes.

Pero no sabían cómo habría de suceder. No sabían que, si bien la derrota de Jericó había sido inusual, la derrota del pecado, la muerte, y el poder del diablo sería mucho más inusual aún. Para derrotar a Jericó no fue necesario un ejército, y tampoco iba a ser necesario un ejército para destruir el poder de las fuerzas del mal. Lo único que iba a ser necesario era el sufrimiento inocente y la muerte de una persona-su hijo. Su sufrimiento y muerte derrumban las paredes que nuestros pecados levantan entre nosotros y Dios, permitiéndonos así entrar a la Tierra Prometida eterna.

Oración: Bendícenos, Señor del Adviento, mientras te alabamos por prepararnos para entrar en la Tierra Prometida. Amén.

Reflexión de Adviento “Para que los ciegos puedan ver”

advdevo_2014_sp“Al pasar, Jesús vio a un hombre que era ciego de nacimiento.” Juan 9.1

Mientras seguían su camino de Nazaret a Belén, José y María siguieron encontrándose con más personas. Uno de ellos bien pudo haber sido el hombre ciego -que en ese momento no sería más que un niño- que años después Jesús encontraría en su camino. Refiriéndose a él, los discípulos preguntaron: “Maestro, ¿quién pecó, él o sus padres?” ¡Cuántas veces sus padres, y él mismo, se habrán hecho esa misma pregunta! Pero si pensaban que se debía a algún pecado cometido por él o por sus padres, estaban equivocados.

Sólo Jesús podía contestar esa pregunta: “Ninguno”, dijo, “sino que esto sucedió para que la obra de Dios se hiciera evidente en su vida.” Y luego hizo barro y se lo untó en los ojos del hombre ciego, y lo mandó a que fuera a lavarse en el estanque de Siloé. El ciego fue, se lavó, y pudo ver… y así la gloria de Dios fue revelada.

No todos los que preguntan: “¿Qué hice para merecer esto?”, van a recibir la orden de hacer algo y experimentar un milagro. Pero todos podemos estar seguros que Dios nos ama y nos valora. Quizás nuestros cuerpos no sean sanados, pero eso no quiere decir que estemos separados de Dios.

Jesús vino al mundo para restaurar. Él vio las horribles consecuencias de un mundo sin armonía. Él sabía lo que sucedía al ceder a la tentación del diablo. Él había visto lo que sucedía cuando uno se deja llevar por los deseos de la carne, y sabía las consecuencias que ello acarreaba. Él sabía que todo eso era evidencia del pecado, pero que no era castigo por un pecado en particular.

El castigo lo iba a experimentar en la cruz… por los pecados del hombre ciego, y por los nuestros.

Oración: Señor del Adviento, te damos gracias porque no tenemos que cargar con el castigo por nuestro pecado. Bendícenos con fe para que en el niño de Belén podamos ver a nuestro Salvador. Amén.