Un Dios levantado

Sabran entonces que yo soy

Lutero enseñaba que a Dios sólo es posible conocerlo en la cruz. Aunque San Pablo afirma en su carta a los Romanos que Dios no se dejó a sí mismo sin testimonio, sino que toda la creación habla de él, de su poder, y de su sabiduría, es sólo en la cruz donde podemos conocer el amor que Dios nos tiene. Lo interesante de estas palabras de Jesús en Juan 8, es que él nos muestra que no se puso él mismo en la cruz, sino que fueron los líderes religiosos judíos, que lo odiaban y le temían al mismo tiempo, los que lo crucificaron. En un sentido más amplio y más profundo, todos nosotros clavamos a Jesús a la cruz, y lo levantamos para que muera asfixiado, dolorido, y angustiado.

El Padre obró a los tres días, levantado a Jesús de la tumba y resucitándolo victorioso sobre el más cruel de nuestros enemigos: la muerte. Luego, el libro de los Hechos dice que Jesús fue levantado al cielo, para que desde su trono glorioso gobierne a su iglesia y someta y sujete bajo su poder a todas las fuerzas de este mundo.

Jesús fue levantado en la cruz, fue levantado de la muerte a la vida, y fue levantado de la tierra al cielo. En el Jesús levantado en la cruz reconocemos nuestro pecado y el profundo amor de Dios por nosotros, porque somos nosotros quienes debíamos haber sido crucificados. En el Jesús levantado de los muertos reconocemos el poder restaurador del Padre, y en el Jesús levantado a los cielos reconocemos su autoridad y dominio sobre todas las cosas. El Dios levantado es un Dios de arriba que nos ve, nos protege, y nos guía.

Gracias, Padre, porque levantaste a Jesús de la tumba para que también nosotros
podamos ser levantados de la muerte y llevados al cielo para vivir con él. Amén.

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Reflexiones de Cuaresma: Allí me verán

Ahora vemos bien

Yo soy la luz del mundo.

El Nuevo Testamento reconoce dos “imperios”, uno dominado por Cristo y otro por Satanás. San Pablo explica este tema en Colosenses 1:12-13. Tal vez el contraste entre estos dos imperios o reinos nos ayude a entender esta palabra de Jesús: “Yo soy la luz del mundo.”

Aunque sabemos lo que es la oscuridad física, la Biblia la explica en toda su dimensión espiritual. De niño, la oscuridad nunca me gustaba. Aunque la oscuridad nunca me hizo nada, me producía una sensación de inseguridad y de temor muy grande. Acompáñame afuera, está oscuro, tengo miedo’, solía pedirle a mi hermano mayor o a uno de mis padres.

Tenemos mucha razón en tenerle temor a la oscuridad espiritual. Tanto Jesús como Pablo explican que en las tinieblas se tejen toda clase de males: adulterios, adicciones, odios, estafas, robos. La oscuridad ampara lo malo, y los malos se sienten libres de hacer sus maldades sin que nadie los vea. Pero Jesús es enfático: “Yo soy la luz del mundo.” Ante Jesús, nada queda oculto: ni la maldad de los otros, ni la nuestra. No hay pecado que él no traiga a la luz. ¿Cómo librarnos del pecado que nos condena y de la oscuridad que nos atemoriza? San Pablo nos da esta buena noticia: “[Dios] nos ha librado del poder de la oscuridad y nos ha trasladado al reino de su amado Hijo, en quien tenemos redención por su sangre, el perdón de los pecados” (Colosenses 1:13-14).

¿Vives con temores? Sigue a Jesús y confía en su obra y en su poder, porque su promesa es efectiva: “El que me sigue no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida” (Juan 8:12).

Gracias, Padre, porque por la muerte y resurrección de Jesús nos sacaste de la oscuridad, del miedo y de la incertidumbre, y nos trajiste a la luz donde podemos verte. Amén.

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¡Qué alivio!

Tampoco yo

¡Por fin una historia con un final feliz! No todas las historias en la Biblia terminan dibujándonos una sonrisa. Sin embargo, hay un patrón que se repite una y otra vez: cuando Jesús está presente, las historias terminan bien. Así sucede en las bodas de
Caná, en la tormenta en el lago y la calma posterior, en la pesca infructuosa y la pesca milagrosa, en la muerte y la resurrección.

¡Qué alivio para esta mujer! Ella estaba condenada por los fariseos y por la Palabra; la sentencia de muerte era justa. Sin embargo, fue perdonada. Mientras el “juicio” era llevado a cabo, ella no tuvo oportunidad de decir nada. Su corazón palpitaba fuertemente esperando la sentencia, pero lo que sucede a continuación es totalmente diferente: Jesús se endereza, y le da la absolución. La mujer es “sentenciada” por el amor de Dios que pasó por alto el grave pecado de adulterio y la envió a vivir una nueva vida. Su historia tuvo un final feliz, inesperado, y eterno.

Nosotros estamos condenados por la Palabra. La sentencia al infierno es justa. Fuimos—y somos— sorprendidos en pecado a cada momento. A veces tampoco faltan quienes nos acusan. Y ahí estamos, solos, delante de Jesús, desnudos con nuestro pecado, exhibiendo nuestra vergüenza. Sin embargo, nuestra historia también tiene un final feliz gracias a la muerte y resurrección de Jesús, que cambió nuestra vergüenza en alegría, nuestro infierno en su cielo, y nuestra muerte en vida eterna.

Jesús tampoco nos condena, sino que nos perdona y nos envía a vivir una vida donde reina el amor y no nuestro pecado. Jesús se enderezó desde la cruz, y nos dio la absolución.

Querido Padre, gracias porque enviste a Jesús no para condenar al mundo, sino para salvarlo. Amén.

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Con la piedra en la mano

Aquel de ustedes que esté sin pecado

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Una vez vi en un noticiero en la televisión algo que sucedió hace pocos años en un país del Medio Oriente: una multitud iba corriendo detrás de un muchacho con piedras y ladrillos en la mano. Cuando lo alcanzaron, comenzaron a tirarle las piedras hasta matarlo. El muchacho no tendría más de 20 años. Presenciar una lapidación me causó escalofrío. Pensé que hay que estar enardecido y lleno de odio para juntar piedras para tirárselas a otro.

No me imagino cómo estaría temblando la mujer a punto de ser lapidada. Los fariseos ya la habían sentenciado. Seguramente había piedras por todas partes. El odio y la falta de amor y compasión sobraban en los líderes religiosos. ¿Qué iba a suceder ahora?

Pero Jesús es diferente. Él no sentencia a la ligera, ni está cargado de odio, ni le falta compasión. Jesús guarda un respetuoso silencio, no para ignorar a los fariseos, sino
para poner las cosas en perspectiva. Luego habla, involucrando a cada uno de los acusadores: “Aquel que esté sin pecado…” No hizo falta decir nada más. Ahora el silencio fue mayor. Las acusaciones ahora apuntaban a otro lado. Los versículos bíblicos que condenaban, ahora se dirigían a los fariseos. Jesús les dio el tiempo necesario para que sus conciencias los acusaran y se fueran alejando, vencidos.

Los fariseos se fueron vencidos, pero no avergonzados por Jesús. Él ni siquiera levantó la vista. Él no avergüenza a nadie. Él vence con amor.

Los silencios de Jesús son para hacernos pensar, para que aprendamos a poner las cosas en perspectiva, y para que su ley obre en nosotros mostrándonos que somos tan pecadores como los demás. Él no nos arrojó piedras, no nos avergonzó por nuestro pecado. Él nos venció con su amor.

Gracias, Padre, porque no nos haces pasar vergüenza, porque tu perdón nos
permite estar ante tu presencia. Amén.

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La actitud policíaca de los fariseos

En la ley.

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Una escena parecida a la de Juan 8:1-11 se repitió varias veces durante el ministerio de Jesús: el templo, Jesús enseñando, el pueblo escuchando. En esta ocasión aparecen fariseos con un reo y un caso para juzgar. Vinieron a Jesús con versículos bíblicos en los labios: “Moisés nos ordenó…” Seguramente no encontraron a esta mujer por casualidad, sino que la estuvieron espiando para sorprenderla. Siendo que el adulterio se penaba con la muerte, quienes se aventuraban en tales cosas se cuidaban de no ser descubiertos. ¿Cómo fue que los fariseos la descubrieron?

No tuvieron ninguna piedad ante esta indefensa mujer, semidesnuda o desnuda, puesta en medio del pueblo, y de Jesús y sus discípulos. A los fariseos no les importaba que se matara a una mujer, si con ello le ganaban a Jesús una pulseada teológica. Citaron la Biblia, pero sin consideración por la vida de una persona. Le preguntaron a Jesús cuál era su opinión, ¡en un caso de vida o muerte!, aunque ellos ya habían juzgado.

A veces soy tan fariseo como los fariseos que critico por su falta de amor. Juzgo a los demás, espío para ver cómo viven. A veces vengo a Jesús con preguntas de las cuales ya tengo la respuesta. Sólo quiero saber si Jesús piensa como yo. ¿Y tú qué dices, estimado hermano? ¿Cómo vienes a Jesús? ¿Qué le traes? ¿Qué le preguntas? Esta historia nos pone en nuestro lugar. No somos Jesús, pero podemos ser el pueblo escuchando, o los fariseos acusadores, o la mujer sorprendida en pecado. ¡No es muy difícil para Dios sorprendernos en pecado! El silencio de Jesús es respetuoso. Nos hace pensar en nuestro propio pecado para revestirnos con su perdón y librarnos de situaciones de condena y de muerte.

Querido Padre, gracias porque Jesús no nos acusa de inmediato, y porque su silencio nos hace pensar en cuánto nos amas. Amén.

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Dios es generoso

… y les dio cuanto querían.Juan 6-11 (6-10-15)

Una vez prediqué sobre este pasaje, y luego del culto un señor ya entrado en años, me preguntó: ‘Pastor, ¿de dónde habrán sacado las doce cestas para guardar lo que había sobrado?’

Tal vez una pregunta que este milagro sugiere que nos hagamos es: ¿cómo respondemos cuando Dios es generoso? Aquí los discípulos fueron obedientes a las directivas de Jesús, la multitud fue obediente a las directivas de los discípulos, y recibieron la comida que se les brindó tan generosamente. Y vieron el milagro, y se les ocurrió una idea: ¡hacer de Jesús su rey!

Hay que felicitar a la multitud por su capacidad de ver el milagro, porque no todos vieron siempre los milagros de Dios y su generosidad. Pero inmediatamente, cuando no supieron interpretar ese milagro, surgió un problema y, al final, lo que hicieron fue alejar a Dios de su medio:“ Jesús… volvió a retirarse al monte él so lo.” La actitud de la multitud no encajaba en los planes de Dios. A pesar de la grandeza del milagro, la multitud seguía miope. El resto del capítulo 6 de Juan se encarga de explicar la miopía de la multitud.

Dios ha sido sumamente generoso con nosotros también: ha atendido nuestras necesidades cuando acudimos a él, y aun cuando ni siquiera lo buscamos. Su
generosidad supera grandemente las doce cestas. Pero, ¿vemos sus bendiciones? La Escritura nos anima a que mantengamos la perspectiva de lo eterno, a que busquemos al que es el pan de vida, Jesús (Juan 6:35). El Hijo de Dios fue enviado para satisfacer nuestra necesidad más importante: la reconciliación con Dios nuestro Padre. Con su muerte y resurrección, Jesús nos da la más grande y abundante de las bendiciones: perdón, vida y salvación eternas.

Gracias, Padre, porque tu pan del cielo sacia nuestra hambre espiritual para
siempre. Amén.

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Aprender a mirar

Jesús alzó la vista
La multitud buscaba satisfacción inmediata a sus necesidades concretas: salud, apoyo, guía, contención. Los miles caminaron muchos kilómetros; los padres trajeron con ellos a sus hijos abandonando temporariamente sus hogares y su trabajo, y no previendo demasiado cuánto tiempo estarían afuera.

La actitud de Jesús es reconfortante: “Alzó la vista.” Este detalle está cargado de significado. Jesús siempre alzó la vista para alabar a su Padre, y para buscar su orientación en la oración. Aquí levanta la vista para ver más allá de lo inmediato. Jesús levanta la vista para ver a miles que están buscando algo, aunque ese algo no fuese exactamente lo que él vino a darles. Los miles no vinieron a pedirle el perdón de sus pecados, sino porque “veían las señales que hacía con los enfermos”.

Jesús se hace responsable: “¿Dónde compraremos pan, para que éstos coman?” Lo curioso de la pregunta es que Jesús ya sabe la respuesta. Los discípulos son como la multitud: sólo ven lo inmediato. Uno dijo: “Ni doscientos denarios de pan bastarían…” Otro encontró un niño con cinco panes y dos pescados, y comentó: “¿Qué es esto para tanta gente? Ni la multitud ni los discípulos alzaron la vista. Ninguno de los dos consideró a Jesús, y lo que él realmente es y puede hacer.

¿Dónde ponemos nosotros nuestros ojos? ¿En lo inmediato? La actitud de Jesús nos anima a que no perdamos la perspectiva. Dios ya sabe lo que va a hacer con nosotros, por eso nos mueve para que con los ojos de la fe veamos al Jesús que puede y quiere darnos mucho más de lo que nuestros mezquinos y miedosos pensamientos pueden sugerir. ¡Dios nos da el cielo entero!

Gracias, Padre, porque antes de que nosotros alzáramos nuestra vista hacia ti, tú ya nos viste y proveíste lo necesario para la salvación: tu Hijo Jesús. Amén.

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Abuso de autoridad versus servicio

Si alguno quiere ser el primero

Me gusta el método educativo de Jesús: aprovecha situaciones de la vida real para enseñarles a sus discípulos. La vanidad de Jacobo y Juan había producido enfado en sus compañeros. Las relaciones entre los discípulos estaban tensas, por lo que Jesús los llama para poner algunas cosas en su lugar.

En primer término, según Jesús, ocupar un puesto alto para gobernar a un pueblo trae el riesgo del abuso. ¡Si lo sabremos! No hace falta ser sabio para ver cuánto despotismo y dominación ejercen algunos gobernantes sobre su pueblo, viviendo como reyes, beneficiándose de la impunidad de sus puestos. El poder y la autoridad son puertas abiertas a la tentación para abusar de otros.

En segundo lugar, Jesús apunta al servicio como la manera en que uno puede sentirse grande. Ésta es una enseñanza muy diferente de la que nosotros esperaríamos. Pero Jesús tiene una razón: él es el primer ejemplo, él vino a servir y no a ser servido. La grandeza de Dios no está solamente en su poder creador, sino en su capacidad de morir. La grandeza de Dios se ve mejor en la cruz que en ningún otro lugar. Desde la cruz Dios gobierna a sus criaturas con compasión y amor. Él no es un Dios que ejerce despotismo sobre sus súbditos, sino más bien un Dios que sabe gobernar con los sufrientes brazos abiertos de Jesús.

¿En qué situación de tu vida puede Jesús aportar una enseñanza? ¿Qué problemas sufres en estos momentos en tus relaciones que puedan ser usados por Jesús para reenfocarte al servicio? Me imagino que no te costará mucho identificar dónde quiere el Señor que sirvas con grandeza. Hazlo espontáneamente, y disfrútalo espiritualmente.

Querido Padre, gracias porque enviaste a Jesús para servirnos sin importar el costo. Amén.

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Aprender a pedir

'Ustedes no saben lo que piden.

Jacobo y Juan habían estado con Jesús por tres años escuchando sus enseñanzas, aprendiendo de su estilo de vida, y sorprendiéndose con sus milagros. Sin embargo, con esta petición revelan que todavía no habían entendido la profundidad de la misión de Jesús. Evidentemente se tomaron esto muy en serio, pues “traicionaron” a sus compañeros y se propusieron pasar por la misma copa de amargura por la que Jesús estaba pasando. Con toda certeza no sabían lo que estaban pidiendo.

A pesar de haber estado personalmente con Jesús todo ese tiempo, todavía no habían sido transformados en su mente y en su corazón. Pero Jesús no se exaspera. Él sabía que, cuando el Espíritu Santo tocara sus corazones en Pentecostés, verían con mayor claridad el ministerio al que habían sido llamados. Al final, todos los apóstoles murieron, siendo Jacobo el primero, como mártir, y Juan el último, desterrado en una isla. De alguna forma, ellos fueron el principio y el fin del ministerio de los apóstoles originales. Ése fue el bautismo de amargura en el que participaron.

De todo esto aprendo que debo ser más simple en mis oraciones expresando mis temores, mis necesidades, y mis anhelos al Señor, y dejando que él me conceda aquello que ya tiene preparado para mí.

No importa cuánto tiempo hemos caminado ya con el Señor, cuántos milagros hemos visto, y cuántas veces nos ha sorprendido él con su ternura y cuidado, no siempre entendemos la profundidad de la vida a la que nos ha llamado. Las puertas de los cielos están abiertas para que entren nuestras oraciones. ¿Qué pediremos? Que el Señor nos abrace con su gracia y nos anime a confiar siempre en él para todas las cosas de la vida.

Gracias, Padre, porque mediante Jesús nos oyes siempre. Amén.

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La Palabra que bendice

Dichosos los que escuchan la Palabra de Dios

Pienso que la mujer que con voz fuerte le dijo a Jesús: “Dichoso el vientre que te dio a luz”, hubiera querido tener un hijo como él. Parece que ella pensaba en el orgullo que sentiría la madre de este hombre que producía conmoción cada vez que hablaba u obraba un milagro. Yo hago lo mismo, pienso en lo orgullosos que estarían mis padres de mis “buenas acciones” o de mis logros. Me gusta también enorgullecerme de los logros de mis hijos. Jesús me reenfoca. ¿Dónde debo poner mi atención? En la Palabra de Dios.

El término ‘dichoso’ utilizado aquí en Lucas, en realidad puede ser mejor traducido como ‘bendito’. No es cuestión de estar ‘feliz’, sino de ser ‘bendecido’… y al ser bendecidos, somos felices. Dios hizo todo lo necesario para bendecirnos ricamente, tanto temporal como eternamente. Al perdonar nuestros pecados nos sacó el enojo que sentíamos por los que nos agreden, nos quitó la amargura de no saber cómo será el final de nuestra historia, nos abrió las puertas de los cielos para llenarnos de paz y alegría.

La Palabra de Dios es la que nos comunica todas estas bendiciones. Ella nos cuenta la mayor historia jamás contada: la de Jesús, quien ocupó nuestro lugar en una cruz para librarnos del castigo divino. Ella nos habla del cielo y de la vida después de la muerte, nuestra mayor esperanza. Ella nos indica en quién creer para recibir todas esas bendiciones. La Palabra de Dios nos llama a ser obedientes para que no nos perdamos ninguna de las grandes cosas que Dios quiere darnos. La Palabra de Dios es la única Palabra confiable que nos lleva por buen camino.

Sigue leyendo la Palabra y viviendo de acuerdo a ella. Tu camino será seguro, porque ella te trae a Cristo.

Gracias, Padre, por tu Palabra eterna. Ella nos bendice. Danos fuerza para obedecerla. Amén.

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