Las cuentas en claro

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Lectura de Isaías 1:18-20

El Señor dice: “Vengan ahora, y pongamos las cosas en claro. Si tus pecados son como la grana, se pondrán blancos como la nieve”. (Is 1:18a)
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Por Reverendo Antonio Schimpf

Suele decirse que las cuentas claras conservan la amistad. Muchas relaciones se han deshecho por causa de alguna deuda que no fue honrada a tiempo. Saber honrar las deudas es una virtud preciosa. A veces se desperdician largos años de amistad por causa de una deuda impaga.

Dios quiere poner en claro las cuentas con cada uno de nosotros. La relación Dios-hombre, que es el vínculo vital de nuestra existencia, se ha visto profundamente afectada por el pecado. Una relación destinada a ser de armonía, confianza y comunión, se convirtió en temor, ira, vergüenza e incluso indiferencia.

Muchas veces tratamos de convivir con esa realidad dolorosa y remediarla a nuestra manera: huimos, nos escondemos, tratamos de negociar con Dios, apretamos los dientes y negamos la realidad. Pero, en el fondo, sabemos que algo que debe ser arreglado todavía sigue pendiente. Los remedios que usamos no nos traen verdadera paz.

Y las cosas no pueden ser de otra manera, a menos que Dios mismo las arregle. Para que esas deudas no sean un estorbo en nuestro vínculo con el Dios santo, Él mismo las toma y las coloca sobre su Hijo santo e inocente. Cuando Dios nos dice que hemos sido perdonados, no es que esté postergando un reclamo para el futuro. Él perdona de veras, y lo hace porque Jesús, con su sufrimiento y muerte, efectivamente pagó nuestra culpa. El pecado es quitado, borrado, echado en lo profundo del mar. Jesús vino a este mundo a cargar con aquello que nos destruye.

Entonces, no huyamos. Vayamos al encuentro con Dios en arrepentimiento. Él nos perdonará, y las cuentas quedarán en claro.

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Padre celestial: ayúdame a reconocer mis faltas. Perdónalas y ayúdame a perdonar a quienes me hayan ofendido. Por Jesús. Amén.

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¡Larga vida al rey!

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Lectura de Salmo 72:1-15

¡Concédele juzgar a tu pueblo con justicia, y con buen juicio a los afligidos de tu pueblo! (Sal 72:2)

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Por Reverendo Antonio Schimpf

Dos mujeres presentan su caso ante el rey. Ambas dicen ser la madre del bebé que una de ellas trae en brazos. El rey pide una espada. ¡Partamos el niño en dos y le damos la mitad a cada una! No, si esta es la solución, prefiero que lo tenga la otra, dice una de ellas. Sí, que lo parta, y que el niño no sea ni para mí ni para ella, dice la otra. El caso queda resuelto. Se hizo justicia; sí, justicia. Cuántos claman por ella. ¿Quién puede vivir sin ella?

El rey, para ser rey, tenía que ser justo. Muchos contaban con él como último -o único- recurso. El pueblo ora por su rey, espera que sea un lugarteniente de Dios. Varios Salmos se refieren a él. Si había esperanzas en alguien, era en el rey. Cuanto más oprimidos y menesterosos había, más se necesitaba del rey y más se imploraba por un rey justo.

Israel veía una y otra vez que sus reyes no estaban a la altura de sus expectativas. De pronto, las oraciones y salmos se transformaron en profecía y se aplicaron al rey que Dios iba a enviar, al cual esas palabras no le quedarían grandes.

El Adviento nos prepara para la venida de ese rey que dirá: “vengan a mí todos los trabajados y cargados, que yo les daré descanso”, y “mi paz les dejo, mi paz les doy”. Su muerte y resurrección serán la fuente inagotable de justicia que desciende de lo alto. Nuestro principal problema, el pecado, encuentra remedio en Él. Bienvenidas la justicia y la paz. ¡Larga vida al rey!

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Divino Jesús: ven a reinar a mi vida. Cúbreme con tu justicia gratuita y perdona mis culpas. Dame tu paz y ayúdame a ser justo. Amén.

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Un retoño va asomando

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Lectura de Isaías 11:1-10

Una vara saldrá del tronco de Isaí; un vástago retoñará de sus raíces. (Is 11:1)

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Por Reverendo Antonio Schimpf

La historia nos muestra cómo las monarquías han entrado en crisis y cómo una dinastía, poderosa en el pasado, desaparece o es reemplazada por formas de gobierno más modernas. En algunos países las rancias dinastías que subsisten no son más que meros símbolos sin poder real. Si se las sigue sosteniendo es por respeto a su pasado, pero no porque despierten grandes esperanzas para el futuro.

La dinastía de David contaba con antecedentes gloriosos. David, el hijo de Isaí, había recibido promesas extraordinarias: su trono permanecería para siempre (2 Samuel 7). Sin embargo, en muchas ocasiones los sucesivos reyes davídicos no estuvieron a la altura de lo esperado, sino que fueron todo lo contrario a lo que se anhelaba en un rey de Israel.

En medio de ese panorama de desazón, Isaías señala a un miembro futuro de la casa davídica que honrará su estirpe. Pero ese renuevo de Isaí tiene características tan extraordinarias, que ningún simple mortal podrá encarnarlas. El rey que viene está destinado a restaurar la creación misma, devastada por el pecado. Su mayor virtud será la justicia. Cada uno de nosotros, condenados a la destrucción y al destierro del Edén, podremos encontrar en Jesús una puerta para regresar al Edén. Por Jesús y en Jesús, los lobos y corderos volverán a convivir en paz.

En el retoño de David tenemos esperanza. A pesar de los fracasos, hay esperanza. A pesar del pecado y la muerte, hay esperanza. Unidos a su muerte y resurrección, el regreso al Edén está garantizado. Aguardemos su venida. Celebremos su venida. Confiemos en su justicia que nos cubre, perdona y santifica.

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Padre celestial: prepárame en humildad para recibir a mi rey Jesús. Que mi corazón rebose de fe y gozo ante su venida. En su santo nombre. Amén.

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El hacha amenazante

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El hacha ya está lista para derribar de raíz a los árboles; por tanto, todo árbol que no dé buen fruto será cortado y echado en el fuego. (Mt 3:10)

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Por Reverendo Antonio Schimpf

Juan el Bautista fue el profeta precursor del Mesías. Su misión era allanar el camino para el Señor, ese salvador anunciado en el Edén que estaba próximo a comenzar su ministerio. ¡El reino de Dios estaba cerca! Pero había un terreno para allanar. Había piedras para remover. El reino de Dios no es buena noticia para los impenitentes, los orgullosos, los que disfrutan de pecar contra Dios y el prójimo.

Para ellos no hay lugar. Sólo hay lugar para los arrepentidos y humildes de corazón, los que saben que deben morir y nacer de nuevo.

Entre quienes se aproximaban a Juan había muchos que sinceramente confesaban sus pecados y se bautizaban como señal de profundo arrepentimiento. Eran los pobres en espíritu de los cuales hablaría Jesús más tarde. Pero también se acercaban otros que pensaban que no tenían nada de qué arrepentirse: no estaban dispuestos a someterse al severo examen de la ley divina.Y como licencia para pecar, usaban el título de “hijos de Abraham”.

Juan también nos interpela a nosotros. ¿Estamos dando los frutos de justicia, amor y compasión que Dios espera? Como pecadores somos puestos bajo el juicio.

Dios tiene que derribar lo corrupto y torcido para generar algo nuevo, perfecto, santo. Cristo fue el árbol verde, fructífero, derribado para darnos vida. Unidos a Cristo por la fe, podemos ser como ese árbol del Salmo primero que da su fruto a su tiempo, cuya hoja no cae, que prospera para gloria de Dios. No pretendamos impresionar con frutos defectuosos; que el hacha divina haga su trabajo.

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Padre celestial: crea en mí un corazón sincero y fiel. No quiero ser un fariseo. Convénceme de mi pecado. Perdóname por causa de Jesús. Amén.

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Que nadie se duerma

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Por tanto, también ustedes estén preparados, porque el Hijo del Hombre vendrá a la hora que menos lo esperen. (Mt 24:44)

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Por Reverendo Antonio Schimpf

Estar preparados. Listos. No especular.Tomarnos en serio que el Señor ha de volver.Vivir como si regresara hoy mismo. Jesús no se ahorra advertencias para los suyos. Sin embargo, muchos de sus seguidores andan por la vida como si nada.

La segunda venida de Cristo es una promesa consoladora. Pero, si la olvidamos, puede transformarse en amenaza. Este es el tiempo de la gracia, la era en la cual el evangelio ha de ser compartido, para alcanzar hasta el último perdido. Es un período en el cual los creyentes han de vivir con fidelidad, testimonio y compromiso.

Sin embargo, muchos viven como en los días de Noé: no hacen caso a las advertencias de volverse a Dios, ni escuchan la palabra que se predica. Por eso Jesús ilustra su discurso con la parábola del siervo que es puesto a cargo de los bienes de su señor, pero que especula diciendo:“mi señor tarda en venir”. Lamentablemente, cuando el señor llegue ya será tarde. Que no nos suceda lo mismo.

No disponemos de todo el tiempo del mundo. Ahora es tiempo de volvernos a Dios en arrepentimiento… de volvernos a nuestro hermano, nuestro prójimo, en humildad y reconciliación. Ahora es tiempo de gracia. Hoy es el día. Dios no quiere la muerte del impío, sino que éste se aparte de su mal camino y viva (Ez 33:11).

Cristo vino y murió, para que nuestro pecado sea perdonado. Cristo vendrá a llevar consigo a los que confiaron, a los que velaron despiertos. El tiempo de gracia llega a su fin: empieza el tiempo de gloria. Que nadie se duerma.

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Señor, que tus palabras de promesa me mantengan despierto. No quiero olvidarme de ti, de tu amor, ni de mi prójimo. Haz de mí un testigo fiel. Amén.

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Es hora de despertar

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Lectura de Romanos 13:11-14 

Hagan todo esto, conscientes del tiempo en que vivimos y de que ya es hora que despertemos del sueño. (Ro 13:11a)

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Por Reverendo Antonio Schimpf

Circula el siguiente dicho: cocodrilo que se duerme, se convierte en bolso. Este dicho habla del riesgo de ser pillados mientras dormimos… algo peligroso, incluso si se trata de un cocodrilo. El no estar alertas nos torna vulnerables, nos deja a merced del enemigo. Jesús habla en los evangelios de cuidarnos del ladrón que viene a medianoche.

San Pablo nos exhorta a permanecer atentos, despiertos, vigilantes, a velar y orar, y a estar conscientes del tiempo en que vivimos. Esa es la actitud propia del creyente que vela por su fe, que no se distrae en las cosas mundanas. Estar dormido equivale a andar en las obras de las tinieblas, en glotonerías, borracheras, lujurias, contiendas y envidias. Comamos y bebamos, que mañana moriremos; ese es el lema vital de algunos.

Creyentes y no creyentes somos llamados a despertar de esa clase de sueño. La muerte o la segunda venida de Cristo pueden sorprendernos, y seríamos destinados a la eterna condenación. El llamado durante esta época de Adviento es a despertar, a desechar las obras de las tinieblas y a revestirnos de luz, viviendo como si Cristo viniese hoy.

Dios mismo nos prepara para este encuentro crucial. Como pecadores no estamos en condiciones de enfrentar el juicio de Dios: arrepentidos, necesitamos ser revestidos de Cristo y tomar las armas de luz, para luchar contra el pecado en nuestras vidas. Dios nos acepta como somos, pero no nos deja como somos. Su perdón nos renueva, su Espíritu nos anima. Vivamos en su presencia, despiertos y atentos.

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Señor, no quiero andar dormido y distraído por la vida. Quiero estar preparado para tu venida. Ayúdame a luchar contra toda tentación. Amén.

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Náusea sagrada

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¡Lávense! ¡Límpiense! ¡Aparten mi vista de sus malas acciones! ¡Dejen de hacer lo malo y aprendan a hacer lo bueno! ¡Busquen la justicia! (Is 1:16-17)

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Por Reverendo Antonio Schimpf

 

Seguramente, alguna vez hemos experimentado náuseas. Es una sensación desagradable provocada por algo que choca a nuestros sentidos. Para que la náusea cese, debemos evitar el contacto con eso que repugna…o acostumbrarnos. Muchas veces, el acostumbramiento termina siendo la única opción.Y aquello que tanto asco nos daba, se torna tolerable.

Las palabras del profeta Isaías hablan de una náusea sagrada. Es la que experimenta Dios ante quienes le ofrecen su culto sin arrepentimiento ni sinceridad. Aunque acerquen muchas ofrendas y sacrificios costosos -dado que no son movidos por un corazón arrepentido- Dios se niega a aceptar lo que ofrecen. Es más, ese tipo de culto le provoca náuseas, le da asco, le repugna.

Pero a diferencia de nosotros, Dios no está dispuesto a acostumbrarse a lo nauseabundo. Él no transa ni se deja extorsionar. Él dice: ¡Lávense! ¡Límpiense! Dios quiere nuestro culto, pero no cualquier culto. Él desea nuestra ofrenda, pero no cualquier ofrenda. No podremos ofrecer nada aceptable hasta que Dios mismo no cambie y purifique nuestro corazón. Lo único aceptable es, al fin y al cabo, lo que él mismo produce en nosotros por su gracia, por su justicia.

La principal ofrenda, la primera, es un corazón arrepentido (Sal 51). Dios jamás rechaza esa ofrenda, por más sucio e impuro que haya sido nuestro corazón en el pasado. Un corazón arrepentido es el que acepta el juicio de Dios y busca su perdón.Y ese perdón es posible gracias a la persona y obra de Jesucristo. Acerquémonos a Dios con un corazón recto. Su palabra es poderosa para purificarnos.

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Dios santo y justo: quiero acercarme a ti con el corazón arrepentido. Por Jesús, ten piedad de mí, pobre pecador. Amén.

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Un rey que viene

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Mateo 21:9, ¡Hosanna al Hijo de David! ¡Bendito el que viene en el nombre del Señor!¡Hosanna en las alturas! 

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Por Reverendo Antonio Schimpf

Si bien hoy en día las monarquías ya casi no existen, es fácil imaginar lo que significaba la visita de un rey. ¡Cuánto despliegue de pompa, lujo y poder acompañaba su venida! Todas las personas tenían que saber que el monarca venía, y en lo posible debían rendirle tributo a su paso. Un rey era un ser muy especial: tenía derecho sobre la vida de sus súbditos. El rey era EL REY, y nadie ignoraba lo que eso significaba.

Los cristianos de todo el mundo comenzamos hoy los preparativos para la llegada de nuestro rey Jesús. Se inicia un período llamado Adviento, término que significa “venida” o “advenimiento”. Este es un tiempo muy especial, en el que comienza un nuevo ciclo en el cual todo puede renovarse. El que viene es muy importante: es el Señor de la vida, el hacedor del mundo, el dueño del universo. Pero su venida no está rodeada de pompa ni de gloria: veremos un pesebre, un burrito, una corona de espinas… ¡una cruz! Sin embargo, en él reside la gloria de Dios.

Vale la pena prepararnos. Se trata de algo más que limpiar y adornar. Se trata de preparar nuestras mentes y corazones en verdadero arrepentimiento y humildad. Su venida fue necesaria por causa de nuestro pecado. La idea es que no nos tome desprevenidos, distraídos, entretenidos en las cosas mundanas. Que el camino hacia la próxima navidad nos prepare para un encuentro real, profundo, cara a cara con Jesús. Que nuestras voces puedan unirse al canto de quienes lo reciben con alabanzas, diciendo: ¡Bendito el que viene en el nombre del Señor!

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Señor, que tu venida no me tome por sorpresa. Ayúdame a prepararme en humildad y sinceridad.Ven, Señor Jesús. Amén.

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*Cristo está conmigo

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(Jesús dijo) “… Pero no estoy solo, porque el Padre está conmigo.” Juan 16:32

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A la mayoría de las personas no les gusta estar solos. Aun cuando algunos prefieren mantenerse alejados de los demás, a la mayoría le gusta identificarse con otras personas o grupos. La realidad que más abunda, es la soledad. Aun cuando la soledad puede ser insufrible, para muchos provee un sentimiento de calma y complacencia.

Nuestro señor Jesucristo frecuentemente se tomó el tiempo para estar consigo mismo a solas y en silencio. De acuerdo a lo que dice en Juan 8:1, cada uno se fue a su casa, pero Jesús se fue al Monte de los Olivos, donde pasó tiempo a solas con Dios. En el comienzo de todo, después de crear al hombre, Dios vio que no era bueno para Adán estar solo, por lo que creó a Eva para que fuera su compañera y ayudante. ¿Cuántos jóvenes hoy en día se sienten solos y están confundidos en su búsqueda de la compañía adecuada?

Si pensamos que estamos solos, estamos equivocados. Dios, nuestro Padre celestial, entregó a su hijo Jesucristo para que esté con nosotros siempre. Jesús es también llamado “Emmanuel”, que significa ‘Dios con nosotros’ (Mateo 1:23). Dios envió a su Hijo hecho hombre. Sin embargo, no fue solamente para que estuviera con nosotros, sino para que fuera nuestro Salvador. Sin el sacrificio de Cristo, sin su muerte en la cruz en lugar nuestro, estaríamos perdidos para siempre–solos y condenados por nuestros pecados.

A través de Jesús Dios nos ha dado un nuevo comienzo que continúa hasta la eternidad. Nuestro Señor también dice: “Y yo estaré con ustedes todos los días, hasta el fin del mundo” (Mateo 28:20b). Si Cristo está siempre conmigo ¿cómo podré decir que estoy solo?

Queridos amigos, determinemos quién será nuestra mejor compañía en el día de hoy. La compañía que escojamos deberá ser suficiente para cubrir todas nuestras necesidades en la vida. Cristo es el único que puede disipar nuestra soledad.

Amado Padre celestial, gracias por ser nuestra constante compañía, y por enviar a tu amado y único Hijo para conquistar nuestra soledad. Enséñanos a confiar en ti. Amén.

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Autor: Rev. Eben Titus, colaborador de Cristo Para Todas Las Naciones en India.
© Copyright 2016 Cristo Para Todas Las Naciones
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Reflexiones: Alimento Diario

Existe un momento para todo

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Mensaje de Esperanza Semanal

“En este mundo todo tiene su hora. Hay un momento para todo cuanto ocurre.” (Eclesiastés 3:1)

Dios definió el momento correcto para cada cosa. Él permite o no que las cosas nos sucedan. Por lo tanto, es necesario reconocer que nuestra vida está en las manos de Dios. Frente a la eternidad de Dios, nuestros años de vida son insignificantes. Por lo tanto, conviene vivir bien este tiempo que recibimos de Dios y estar listos para cada momento que Dios pone delante de nosotros. En el momento correcto Dios envió a Su Hijo Jesucristo para morir en una cruz en nuestro lugar y resucitar. Todos los que creen que Jesús es el Hijo de Dios y que Él perdona nuestros errores, en el momento correcto, serán resucitados para vivir eternamente en la presencia de Dios, en el cielo, ¿Cuándo? En el momento correcto.

Señor, enséñame a reconocer, con humildad, que hay un momento adecuado para todo. En el nombre de Jesucristo. Amén.