Nada nos separa

Cuando asumió la condición de ser humano, Jesucristo fue humano en todo, menos en el pecado. Él estaba enseñándonos que nada puede separarnos del grandioso amor de Dios. Al final de las cuentas, en aquel momento, el Cristo crucificado fue la señal más evidente de que allí solo existía debilidad y pecado. Sin embargo, Él no quedo en la cruz. Jesús resucitó y está vivo y presente en nuestras vidas. Por eso recuerda que no estás solo y nada ni nadie puede separarte del amor de Dios. 

Oremos: Gracias Señor, por ser un Dios de amor, que diste tu propio Hijo para que yo tuviera el perdón, vida y salvación. Amén. 

“Siempre tengo presente al Señor; con él a mi derecha, nada me hará caer”.  Salmos 16:8.