Orgullo, un gran mal

Dos gallos luchaban por el control de un patio. Por fin, uno de ellos le hizo correr al otro. El gallo que fue derrotado se fue a un rincón tranquilo. El ganador, a su vez, voló a la cima de una muralla, sacudió sus alas y cantó con toda su fuerza para demostrar a todos su poder y superioridad. Un águila, que estaba cerca, se tiró sobre él y de un ataque lo llevó preso en sus garras. El gallo, antes derrotado, salió de su rincón y reinó absoluto en el patio. El orgullo lleva a la destrucción. Jesús dice: “Felices las personas humildes, pues recibirán lo que Dios ha prometido” (Mateo 5:3). La mayor humildad fue la de Jesús que murió en la cruz, en nuestro lugar. Gracias a Su amor recibimos el perdón por nuestro orgullo y podemos tener la certeza de la vida eterna. En Cristo, tenemos un nuevo corazón.

Oremos: Señor, perdóname cuando fui orgulloso y lastimé a otros. Dame humildad para que yo pueda ser bondadoso y abrir mi corazón a Ti, reconocerte como mi Salvador y tenerte siempre en mi mente y corazón. Amén